2 de noviembre de 2014

SIERRA DE LÍJAR

El día de los difuntos amanecía fresco pero despejado. En el horizonte se recortaba con toda nitidez la silueta de la sierra, atractiva, distante, serena. Hacía allí nos dirigíamos. En la salida, caras nuevas, amigos de otros clubes y compañeros de entresemana. Todos con las espectativas de una ruta singular, pero con la incertidumbre de las dificultades que encontraríamos. Los comentarios no eran precisamente tranquilizadores:
-En algunos tramos seguramente hay que bajarse.
-La otra vez echamos más de seis horas y media en hacer los cuarenta kilómetros.
-¿No has subido nunca al Mogote? ¡Uf!
-La bajada al pueblo hay que hacerla por unas trialeritas que no sabemos cómo estrán....
En fin, que para calmar un poco la inquietud y el frío nada mejor que un café bien caliente y un bálsamo de aceite de la zona impregnando un mollete que humeaba al abrirlo. Luego, la rutina: preparar la bici, comprobar que todo funciona, zapatillas, casco, guantes, gafas, barritas energéticas...
Nada más bajar del coche había un olor especial, amargoso, que nos acompañaría prácticamente a lo largo de todo el recorrido. Los nueve grados que marcaba el termómetro a las siete y media de la mañana invitaban a empezar la ruta con manguitos, sobre todo si el inicio es en bajada con dirección al puente de La Nava. Pero eso duraría sólo unos pocos minutos. Al momento comenzaba lo que iba a ser  una constante durante todo el recorrido: una rampa tras otra. Y ya sobraban los manguitos, la mochila, las gafas empañadas...
Pronto abandonaríamos las pistas para adentrarnos en estrechos senderos entre La Nava y Puerto Serrano, senderos de plato chico y meter riñones, de sortear piedras y agachar la cabeza bajo las ramas, senderos de zarzas y espinos, de arañazos en las piernas, de contínuos desniveles que superar... Y cuando no, con la bici al hombro, con cuidado para no resbalar. Algunos tramos complicados, pero la mayor parte muy interesantes y entretenidos. En rutas de montaña hay poco que especular. Todo es subir o bajar.
Después recorrimos un tramo de la carretera de Toleta, en subida, hasta llegar junto a un caserío en ruinas, donde retomábamos de nuevo los senderos. Otra bajada pedregosa hasta un punto de concentración donde el guía nos dijo que probablemente habría que echar pie a tierra. Alguno echó algo más que el pie. Y más zarzas. Más espinos. Como decía un compañero, para tanto arañazo el betadine habría que aplicarlo con brocha. Era el tributo a pagar para acceder al precioso tramo que venía a continuación: un estrecho pero encantador sendero, paralelo al río Guadalete, entre un túnel de vegetación. 
Saliendo del sendero enlazábamos de nuevo con la carretera de Toleta (entre Puerto Serrano y Coripe) y un poco más adelante entrábamos en la Vía Verde. Ahora sí tocaba relajarse un poco, por un camino cómodo, amplio (aunque muy transitado), cruzando varios túneles hasta la estación de Coripe. Allí hicimos una parada para reponer agua y comer algo, incorporándonos a continuación a la carretera con dirección a La Muela.
Llegamos sin parar de subir a la altura de un hotel rural que se ha quedado a medio construir (El Castaño). Aquí entramos en un camino de fuerte pendiente, con mucha piedra suelta y surco, donde resultaba casi imposible mantener el equilibrio. Más arriba o más abajo, era inevitable empujar la bici para finalizar la cuesta. Y después otra bajada empinada, que hizo que alguno acabara patinando por la grava. 
Cruzamos La Muela y encaramos la sierra de Líjar, entrando por el área recreativa del mismo nombre. Comenzaba otro de los platos fuertes de la jornada: el Mogote. Las rampas más empinandas están al principio, hormigonadas, lo que obliga a adecuarse a un ritmo razonable, frenando a los más impetuosos y mermando las pocas fuerzas de las piernas, bastante agotadas ya a estas alturas. De vez en cuando los grupos de ciclistas que venían bajando. ¡Qué fácil es dar ánimos cuando se baja! Y para colmo, el polvo de los vehículos que iban y venían. Así, curva tras curva, rampa tras rampa, llegamos al kilómetro 6,5. Desde aquí, unos decidimos continuar por la supuesta pista que se dirigía a Algodonales, y otros continuar un poco más adelante para tomar el sendero de piedras y trialeras. Subimos por la pista hasta el Mirador de Poniente que desde allí comienza a bajar en fuerte pendiente. Pero un muchacho que encontramos por ese lugar nos indicó que esa pista no llegaba a donde queríamos, sino que había que coger el sendero de las trialeras sí o sí: el camino de Algodonales. De manera que no nos quedaba otra. Esperamos a los tres que habían cogido por arriba hasta que llegaron junto a nosotros y a partir de ahí, el cochecito de sanfernando... Algunos bajaron montados. Es cierto. Pero... ¿todo el camino? ¿Sin bajarse? ¿Sin pillar ni una sola boñiga de mulo? Si fue así: mi enhorabuena. Porque hacerlo suponía todo un alarde de técnica y de valor.
Llegando a la parte alta de Algodonales se suavizaba el sendero y ya resultaba fácil rodar hasta el coche, no sin antes parar en la fuente del Algarrobo para beber un poco de agua fresquísima recién salida de la montaña.
Ruta circular, muy bonita, dura, técnica, muy técnica, que yo suplí con unas piernas, muy piernas.
Algodonales - Puente de La Nava - Peña Gorda - Cerro de la Arena - Toleta - Vía Verde de la Sierra - Estación de Coripe - Cortijo El Castaño - La Muela - Sierra de Líjar - Algodonales. (42 kms.)
 
 
 
 
 
 
 
 

5 comentarios:

  1. http://youtu.be/ShCjkXBPFQk Pincha el enlace y veras como se baja el Mogote montado en la bici, andando o ! volando !

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    1. ¡Es que son unos novatos y no saben que hay que desinflar un poco las ruedas!

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  2. La ruta de "En algunos tramos puede uno montarse". O la de "Las agujetas hasta en el cielo de la boca al día siguiente". Vaya tela con Carlos; y parecía hasta de buena familia.
    Pues sí, Diego, hay que resarcirse haciendo la del Agua.

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    1. ¿ Agujetas ? Te has vuelto delikadito, Fernandito.......

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  3. Entre la ruta de Carlos, el Barça y el Betis... ¡¡¡que caiga ya el meteorito, por favor!!!.

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