1 de diciembre de 2011

LO CILENBLÓ DE LOZOJO

En estas zonas de la Baja Andalucía y en este tiempo es lo que pasa: cuando en la sobremesa uno se viste para la bici, no sabe si salir fresquito o abrigarse, si ir de corto, llevar manguitos o ponerse ya la chaqueta. A esa hora se está bien, pero quizás más tarde refresque. Hay quien es más caluroso y quien es más friolero. Cuando uno acierta es lo mejor: ni pasar frío ni ponerse chorreando. No tener que parar durante el recorrido para que no se enfríe el sudor y al final, para el ratillo de tertulia, llevar chubasquero o cortavientos. Incluso cada vez más tenemos a nuestra disposición una amplísima gama de prendas (térmicas, cortas, largas, manguitos, etc) para que cada cual las adapte a sus propias circunstancias.
Pues aun así ayer me equivoqué. El primer indicio me lo dio Fernando cuando lo vi de corto. Y otros varios continuaron comentándome más de lo mismo. Todo de largo y con prendas interiores térmicas empezaron a empañarse las gafas y decidí, por lo menos, quitarme el pañuelo del cuello. Pero no bastó. Terminé empapado. Y cada vez que me paraba, arrecío. Parece uno un novato.
Juan había propuesto ya la ruta un par de días antes y como la gente después del almuerzo no está para mucho pensar, pues dicho y hecho: viñas de Morabita, o lo que es lo mismo: Villares, el Zorro, Romanito, Dos Mercedes, El Corregidor, La Panesa y vuelta.
Trece menos uno más uno igual a trece. O sea, que antes de salir de Jerez se retira Lobato y se incorpora Vadillo. Salimos como de visita turística por la ciudad y de tertulia, pero como Juan ya tenía controlado hasta el tiempo (1 h. 47 m.), pues se puso a recuperar lo perdido y así nos llevó medio jogaos hasta la primera cadena, cerca ya de Romanito. Cuando parecía que nos íbamos a tomar un respiro, vino otro inconveniente: desde Romanito hasta la carretera de Morabita había pasado el tractor para alisar el carril y lo había dejado completamente estriado. No había forma de evitarlo y resultaba un auténtico martirio el traquetreo que se transmitía hasta el último músculo de los brazos y donde (como dijo en su día Valiente) se me aflojaron hasta los silent-block de los ojos. Llegando a la carretera uno regresó directamente para Jerez, pero Juan nos tenía preparada la última guinda del día: la rampita de La Panesa, una cuestecita de plato chico, con el carril arado y los terrones medio secos. En fin, que con tanta recuperación de tiempo llegamos a Jerez de día y con 30 kilómetros de viñas. Y el cafelito.

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